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Ver productosEl escritor protagoniza un Foro Nueva Revista a propósito de su libro «Los textos robados a la felicidad»
11 de mayo de 2026 - 5min.
Alejandro Gándara (1957) es novelista y ensayista. Fundó la Escuela de las Letras y la Escuela Contemporánea de Humanidades. Ha ganado los premios Nadal y Herralde de narrativa y Anagrama de ensayo.
Avance
Alejandro Gándara ganó el premio Eugenio Trías de ensayo con su libro Los textos robados a la felicidad (Galaxia Gutenberg), una recopilación de las enseñanzas de los clásicos para la vida cotidiana, ya que los hebreos y los griegos ya se plantearon las preguntas fundamentales.
El pasado 15 de abril, Gándara participó en un Foro Nueva Revista en la Universidad Villanueva. En diálogo con los asistentes y al hilo de su libro, se habló de la felicidad, el dolor y el daño, el saber, la mortalidad, la importancia de las fuentes originales y la sociedad justa. A fin de cuentas, esos clásicos «esconden en su interior un tesoro de sabiduría para poder vivir sin miedo y sin angustia».
ArtÍculo
En el libro, Gándara distingue entre daño y dolor, asunto importante que también salió en el Foro. El dolor, el mal, son parte de la vida y son inevitables. Nuestra responsabilidad está en el modo en que nos enfrentamos al dolor y lo que hacemos con él. Siempre hay una oportunidad de producir sentido, aunque sea con lo peor, dijo el escritor.
Ver cómo el pensamiento se organiza para producir sentido ha sido la desembocadura de cuarenta y cinco años de enseñanza en los que Gándara empezó ocupándose del pensamiento asociado a la creación y de los aspectos creativos del pensamiento. Al acercarse a la jubilación, quiso hacer una recopilación de las enseñanzas de los clásicos para la vida cotidiana, y hacerlo, además, con cierto afán testimonial o de legado para sus hijas adolescentes, para que supieran lo que su padre había hecho en todos sus años de docencia.
Entonces se cruzó la pandemia y, viendo sus estragos en algunas personas (la capacidad de los seres humanos de hacerse daño sin sentirlo, de volverse insensibles al daño), comprendió que tiene que haber una vía de comunicación entre los orígenes y las fuentes de nuestra civilización y nuestra sentimentalidad con nuestra conducta.
Ahí fue cuajando un libro que ya tenía un destino mayor que el del legado familiar. Un libro presidido por la idea de que estamos aquí para intentar producir sentido con el dolor. Hay dos maneras de enfrentarse al infierno que formamos todos juntos, dijo Gándara: ser parte de él y no verlo, y descubrir lo que está bien, dejarle sitio y ampliar su espacio. «El daño que las personas se hacen y al que son insensibles me parecía la columna vertebral de la forma en que se dolía la sociedad».

La felicidad, por supuesto, fue uno de los primeros asuntos en ponerse sobre el tapete. La felicidad, dijo Gándara, consiste en poder hablar con nuestra propia naturaleza, que tiene dos ámbitos, la vida mortal y la inmortal; la parte inmortal o divina es lo invisible, lo que no conocemos. En tanto que mortales, tenemos que aceptar nuestra mortalidad y producir sentido con la pérdida, el dolor, el duelo, lo que produce la vida. Feliz es el que es capaz de aceptar lo bueno y lo malo y producir sentido con ello. En la medida en que tratamos con nuestra parte divina, nuestra vida mejora.
Los propios textos clásicos y nuestra aproximación a ellos fueron otro de los temas sacados a colación en el encuentro. Gándara criticó la tendencia universitaria a desplazar el contacto directo con esos textos en favor de las interpretaciones que se han hecho sobre ellos. Griegos y hebreos, dijo, nos suministran las preguntas fundamentales; si nos hurtan los textos, se hurtan esas preguntas y desaparece el pensamiento libre acerca de lo que somos. Las interpretaciones no pueden sustituir a los textos.
A propósito de la últimamente muy citada parábola bíblica de los talentos, Gándara explicó que lo importante es lo que hacemos con el saber que tenemos. «Es un saber estéril el que no hace nada». Lo que hace marchitar la propia vida es saber cosas con las que uno no hace nada, añadió.

Volviendo a la felicidad, aspiración que ya está en el mundo antiguo, señaló que lo que hoy se llama felicidad es, en el fondo, una forma de control. «La ideología dominante es control del medio ambiente, de los recursos y de la vida personal. Se dice que una persona desdichada es la que piensa que ha perdido el control sobre su vida, como si la vida pudiera ser controlada, la vida es aquello cuyo curso nosotros no podemos interrumpir. Hay tanta desdicha porque la gente tiene la impresión de que podría controlar su vida y no lo hace». No hay cosas que gusten por sí mismas, que se basten a sí mismas. No hay placer por el conocimiento. Parece que todo el mundo está in progress, en camino a algo distinto, añadió.
Gándara recordó que ya en Platón se explicita una equivalencia entre justicia y felicidad. «No puede haber justicia o alegría si todo el sistema no lo es, si no es compartida. Es difícil que uno esté tranquilo si los que le rodean no lo están. Un sistema no es justo si solo hay justicia para uno, como en la China de Mao. La felicidad tiene que ver con la forma en que uno está con los otros y con el medio en que uno vive. Un medio injusto produce miedo; uno en que la gente esté triste y otros alegres produce confusión». Hay una forma de encontrarse en el seno de los otros que, efectivamente, aligera las cargas de la existencia, dijo en otro momento.
De modo parecido, señaló lo pernicioso de «un narcisismo hiperdesarrollado que destruye nuestras posibilidades de estar en el mundo y estar con los otros».
Se puede ver un vídeo con un amplio resumen del Foro Nueva Revista en este enlace.