Judit Polgar, «La reina del ajedrez» y el resultado de un experimento revolucionario

La ajedrecista húngara, la mejor deportista de la historia y el fruto de una educación especial, protagoniza la película documental de Rory Kennedy, estrenada en Netflix

Judit Polgar, protagonista de «La reina del ajedrez» en Netflix
Judit Polgar, protagonista de «La reina del ajedrez» en Netflix
Federico Marín Bellón

Avance

¿Es Judit Polgar la mejor deportista de la historia? Es muy posible que sí, aunque unas pocas mujeres más también superaron a los hombres en otras especialidades. ¿Es la ajedrecista húngara la persona que más ha contribuido a desmontar los mitos machistas sobre la supuesta inferioridad de las mujeres? Con toda seguridad. ¿Es también la prueba viviente de que los genios no nacen, sino que se hacen? Como mínimo, el experimento Polgar fue un éxito incontestable, aunque la muestra es pequeña.

Klara y Lazslo educaron a tres niñas prodigio que deslumbraron al mundo. Sus implicaciones en el terreno de la formación no se han destacado lo suficiente, tampoco en el documental que estrenó Netflix el pasado 6 de febrero, La reina del ajedrez. Pese a su calurosa acogida por los públicos más diversos y a su indudable calidad, que no vamos a discutir, la película comete algunos errores menores, en parte propiciados por su afán de atrapar a los públicos más diversos. 

En todo caso, el ajedrez vuelve a estar de moda gracias a Netflix, aunque sería más apropiado decir que la plataforma aprovecha la carrera increíble de Judit Polgar para lanzar otra película de éxito, con la serie Gambito de dama todavía en el recuerdo. A estas horas de la mañana, ya se puede decir que La reina del ajedrez, de hora y media de duración, se ha convertido en un fenómeno.

Pero lo más sorprendente de todo, lo que le otorga un valor especial a la historia de Judit y sus hermanas, es que su caso no fue el fruto de la casualidad, no fue un florecimiento milagroso en mitad del desierto, otras veces visto, sino un experimento programado al detalle por sus padres. Como mínimo, sirvió para romper barreras de género y techos de cristal.

ArtÍculo

Klara se enamoró de Lazslo impresionada por sus teorías, uno de los datos biográficos que omite La reina del ajedrez, película que quizá no ahonda lo suficiente en la historia de la familia de su protagonista, Judit Polgar, nacida en Budapest en 1976. El caso es que los dos estudiantes de Pedagogía acordaron que sus hijos serían genios. Solo tenían que decidir si les enseñarían música, matemáticas o ajedrez. Puede que las dos primeras opciones hubieran sido preferibles para la humanidad, pero se impuso la última porque ofrecía dos grandes ventajas: era barata y sus resultados se podían medir de forma objetiva. Que en el tubo de ensayo familiar nacieran tres niñas solo añadió interés a la prueba, más aún en un deporte intelectual que tradicionalmente ha pecado de machista. 

La reina del ajedrez, tráiler oficial | Netflix

No fue un plan sencillo, sobre todo porque la pareja de profesores de Budapest cometió dos pecados terribles: no enviar a sus hijas al colegio, parte esencial de su plan, y empeñarse en que las niñas demostraran sus progresos en torneos masculinos. El motivo era sencillo: entre las chicas, las tres hermanas no tenían rival y para mejorar era necesario que se enfrentaran a los retos más difíciles. El Gobierno comunista de la época se lo tomó como una afrenta y les prohibió viajar fuera del país para acudir a las competiciones, incluso cuando Judit era la número uno del mundo. Laszlo fue amenazado con la cárcel o con ingresar en un psiquiátrico. Klara temió que les quitaran la custodia, como mínimo.

Persecución en Hungría

Por si fuera poco, sus compatriotas se pusieron del lado del poder, en parte por puro antisemitismo, según ha denunciado Susan Polgar, la hermana mayor. Fueron atacadas por sus vecinos, ridiculizadas por la prensa y despreciadas —esto es quizás lo más llamativo— por los mejores grandes maestros y campeones internacionales. En los 80, hace cuatro días, casi nadie creía que una mujer estuviera capacitada para jugar al ajedrez igual que un hombre, como se comentó en el Foro Nueva Revista con Leontxo García.

Judit Polgar y Garry Kasparov, en uno de sus legendarios enfrentamientos, en una imagen de «La reina del ajedrez». Foto: Netflix
Judit Polgar y Garry Kasparov, en uno de sus legendarios enfrentamientos. Foto: Netflix

Bobby Fischer lo decía en los años 60 y 70, y Garry Kasparov lo sostenía en los 80. Este último es elegido por Rory Kennedy, multipremiada directora y guionista del documental, como el malo de la película. Toda buena historia necesita un conflicto y para ello, nada mejor que encontrar un villano de altura. Kasparov es mostrado —con su involuntaria colaboración— como una persona arrogante y tramposa, y como un machista empedernido. Solo se reforma, en parte, por la grandeza evidente de la heroína, a la que termina admitiendo como «uno de los nuestros».

Para colmo, Judit Polgar exhibe una elegancia abrumadora. Su capacidad para perdonar y su falta de rencor emocionan, son incluso mandelianas. Desde el punto de vista dramático, la idea funciona, pero Kasparov adquiere un protagonismo exagerado. Sus partidas contra Judit son desmenuzadas como si fueran lo más importante de la historia. Los no aficionados toleran bien este festival de piezas volando sobre el tablero. La fascinación compensa, pero si somos justos, Polgar libró otras batallas no menos relevantes, estuvo en el top 10 absoluto del ajedrez mundial y derrotó a todos los campeones de su época. Sus méritos deportivos globales no se destacan los suficiente, como si ganar a Kasparov fuera lo único que importaba, quizá para evitar una dispersión de los enemigos de la protagonista. Lo mejor de todo es que ella desmonta cualquier ataque con su sonrisa juvenil y se gana al espectador. 

Laszlo Polgar, un papel controvertido

Otro aspecto interesante y tratado de forma muy sutil en la película de Rory Kennedy es el papel del padre de las Polgar. Vemos un buen puñado de planos de Laszlo Polgar, algunos menos de Klara, pero el padre de las tres hermanas ajedrecistas, el visionario de la historia, no tiene demasiadas ocasiones de explicar sus teorías. Sus hijas, que siempre han estado agradecidas con la vida que han llevado, tampoco exageran los elogios y ninguna repitió el experimento cuando fueron madres.

El mero uso de la palabra «experimento» es delicado. Entre los Polgar no es un término tabú, pese a que fue una de las razones por las que el Gobierno húngaro persiguió a la familia, quizá su única coartada. Las tres chicas «salieron bien», pero los resultados podrían haber sido muy diferentes. La película pasa de puntillas sobre este asunto y ellas explican que fueron felices y tuvieron el privilegio de vivir una vida única. Y si no replicaron el modelo es porque, al contrario que sus padres, no estaban preparadas para educar en casa a sus hijos, porque no son profesoras.

En España, gracias al cine, sobre todo, también hemos conocido la historia de una madre que crio a su hija única con la intención de convertirla en la mujer perfecta. Sin ánimo de destripar las dos películas dedicadas al asunto, aquí no hubo final feliz. Mi hija Hildegart (Fernando Fernán Gómez, 1977) y La virgen roja (Paula Ortiz, 2024) aportan dos visiones muy interesantes sobre unos hechos ocurridos hace un siglo en nuestro país.

Judit Polgar y Gambito de dama

La reina del ajedrez también se puede comparar con la serie Gambito de dama. En su día, de hecho, se publicaron artículos en los que se decía que Judit Polgar era la inspiradora de la historia, sin conocer el origen literario del guion, basado en un libro que se escribió cuando la jugadora era demasiado pequeña.

En una de sus frecuentes visitas a España, en 2021, la ajedrecista, ya retirada, dejó en Sevilla el siguiente titular: «Mi vida es más interesante que la de Beth Harmon en Gambito de dama». La deportista húngara (Budapest, 1976) ya sabía que se preparaba una película sobre su vida, una existencia que no solo es real, sino que resulta aún más apasionante que la del personaje de ficción creado por Walter Tevis. El autor de El buscavidas y El color del dinero, entre otras joyas también adaptadas con éxito a la pantalla, no suele recibir el reconocimiento adecuado como padre de la historia, pero esa es otra historia.   

Lo cierto es que Judit supera a Beth en todo, lo que permite a Netflix jugar esta partida en terreno conocido. Gambito de dama alivió la pandemia de millones de personas y fue durante un tiempo la serie más vista en todo el mundo. El ajedrez, el espectáculo de ver pensar, se había convertido de forma imprevista en un entretenimiento de masas.